
No mires ahora pero creo que hay alguien mirando. Mi mujer está obsesionada, cree que todo el mundo nos mira. Vivimos en un ático, hace muy poco que nos hemos mudado. Desde nuestra terraza se ve una torre llena de ventanas, una torre muy alta, muchas ventanas. Yo no creo que nadie nos mire. Ella tiene miedo de andar desnuda por la casa. La torre está muy lejos, cuando miro a las ventanas no veo más que pequeñas formas que se mueven.
-Pequeñas formas que se mueven desnudas.
Ésa es mi mujer, está obsesionada, ya lo he dicho. Cuando vinimos a vivir aquí, la casa estaba hecha un asco, así que nos pusimos a arreglarla; el suelo, las paredes, la terraza, las cañerías, todo. Gastamos muchísimo dinero, yo no tengo dinero, ni mucho, ni poco, ni nada. La casa quedó muy bien, vivimos felices durante dos o tres días, pero luego el suelo empezó a abrirse, la madera estaba demasiado fresca o era demasiado joven o algo así.
-El suelo se abre.
Yo me quedaba mirando al suelo sin saber muy bien qué había que hacer para detener aquello. Ella también miraba al suelo y luego me miraba a mí y después mirábamos a la torre para ver si alguien más estaba viéndolo.
La torre estaba demasiado lejos.
Luego abrimos una botella de vino blanco y nos sentamos a beber. No había que preocuparse por la torre. Estábamos vestidos, las grietas no eran tan grandes. Desde lejos, todavía éramos una pareja feliz.
-Habría que hacer algo.
-Haremos algo a la vuelta.
Cerramos las maletas y salimos hacia el aeropuerto.
Holanda es un país extraño, la gente acude en masa a los recitales de poesía. Eso no puede ser bueno. Para mí, sí, yo soy poeta. Mi mujer es novelista. Gana dinero.
En Holanda es algo grande ser poeta, pero fuera de Holanda no.
-Esto es increíble.
La verdad es que era increíble, toda esa gente haciéndome fotos y entrevistas, invitándome a comer, pagándome el taxi, saludándome al pasar, escuchando mis cosas, haciéndome caso.
Mi mujer está contenta, no le importaba que nadie hubiese oído hablar de sus novelas. Sus novelas están traducidas a siete idiomas pero en holanda no las conocían. A ella le parecía bien. le gustaba quedarse callada mirando como yo subía y subía, hinchado como un pez globo. Le gustaba cuidar a su pez globo y besar a su pez globo, y sobre todo, le gustaba tener un pez globo en la cama por unos días, porque sabía que después me deshincharía y me quedaría mirando como un idiota las grietas del suelo, sin hacer nada al respecto.
-¿Cuándo volvemos?
-Mañana
Los festivales de poesía pueden durar un par de días o una semana o incluso un mes, pero nunca duran para siempre. Cerramos las maletas y salimos para el aeropuerto, de vuelta a casa. En el avión apenas dijimos nada. Los dos estábamos cansados. Yo estaba triste, además. Puede que ella también, no lo sé. No hay manera de saberlo.
-Voy a llamar al carpintero
-Buena idea. Te has gastado un montón de dinero en ese suelo.
Miré por la ventanilla del avión. No se veía gran cosa. Los aviones deberían volar más bajo.
-Mejor aún, vas a llamar tú.
-¿Yo?
Llegamos a casa, llamé al carpintero, me costó mucho convencerle para que viniese a ver el suelo, pero al final dijo que sí. Al parecer, el también tenía algo que decirnos, no estaba muy de acuerdo con el dinero que le habíamos pagado. Había habido un error, eso es lo que me dijo.
Nos sentamos en el salón, las grietas corrían por debajo de nuestros pies, el carpintero no se hacía responsable, decía que habíamos abierto las ventanas demasiado pronto o demasiado tarde y hablaba de la humedad y de la sequedad como si fueran personas, malas personas, y nos enseñaba papeles con números.
-Es evidente que ha habido un error. Todavía me deben dinero.
A nosotros no nos parecía tan evidente. A nosotros nos parecía que el suelo se abría. el carpintero miraba a mi mujer, mi mujer me miraba a mí y yo miraba las grietas. Me sentía mal, pero no mal de una manera nueva, sino mal como toda mi vida, como al principio. Siguieron discutiendo durante un buen rato. cuando ella se dio cuenta de que yo estaba llorando, simplemente extendió un cheque y sacó de allí al maldito carpintero.
Ray Loriga

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